El estrés por deudas afecta a millones de personas en México y golpea con mayor frecuencia a las mujeres. La historia de Renata, quien enfrentó cobranza mientras su padre agonizaba y después de su muerte, muestra cómo las obligaciones económicas pueden sumarse al duelo y al trabajo de cuidados.
En enero de 2024, Renata esperaba noticias en urgencias del IMSS. Su padre padecía una neumonía que no respondía a los antibióticos. Ella había gastado su aguinaldo y fondo de ahorro en oxígeno y medicamentos cuando recibió una llamada del banco: su tarjeta llevaba unos cinco días vencida.
“Sí, ya sé que no pagué la tarjeta, pero, por favor, ahorita necesito que mi línea esté libre porque mi papá está muy enfermo”, respondió. Horas después, el hospital le informó que su padre había muerto. Las llamadas de cobranza siguieron durante el funeral y al volver a su trabajo.
La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera 2023, elaborada por el Inegi y la Condusef, reportó estrés financiero alto en 36.9 por ciento de las personas adultas y moderado en 34.6 por ciento. Entre las mujeres, el nivel alto llegó a 42.2 por ciento. Además, 34.9 por ciento de la población señaló efectos físicos, como dolor de cabeza, gastritis, colitis o cambios en la presión; 30.7 por ciento reportó consecuencias psicológicas, entre ellas problemas de sueño o alimentación.
La socióloga Xóchitl Mendoza Ramírez, profesora de la FES Aragón de la UNAM e investigadora de pobreza, política social y programas sociales, estudia la dimensión social de la deuda. En talleres con mujeres impulsa “sacar la deuda del clóset”: hablar de ella sin culpa y entender las condiciones compartidas que la producen.
Mendoza plantea que la violencia financiera no empieza necesariamente con una llamada bancaria. También se relaciona con la distribución desigual de los cuidados y con la expectativa de que las mujeres administren el presupuesto familiar, incluso cuando no controlan esos ingresos. En sus talleres ha escuchado relatos de mujeres que deben justificar cada gasto ante sus esposos o que solicitan créditos para evitar pedirles dinero.
La expansión de las aplicaciones de préstamo añadió otra tarea: además de cuidar y hacer rendir el ingreso del hogar, algunas mujeres deben gestionar deudas. En 2024, la tasa de interés promedio pagada por mujeres fue de 20 por ciento, frente a 16 por ciento entre hombres, según cifras de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
La inclusión financiera y la bancarización de programas sociales no han evitado que muchas familias destinen ingresos al crédito. La encuesta nacional indicó que 45.9 por ciento de las personas adultas casi nunca o nunca terminan el mes con dinero sobrante. Por su parte, siete de cada diez personas consultadas por la firma Bravo, antes Resuelve tu Deuda, dijeron que sus gastos superaban ampliamente sus ingresos.
Durante la pandemia de covid-19 crecieron las empresas fintech, que ofrecen servicios financieros mediante plataformas digitales. Sus aplicaciones facilitaron solicitar préstamos desde el teléfono y, en algunos casos, sin comprobar ingresos. Mendoza considera que estas compañías aprovecharon necesidades económicas bajo el argumento de ampliar la inclusión financiera.
Entre las medidas que propone la especialista están conversar sobre las deudas con personas de confianza, crear redes comunitarias de apoyo y reclamar soluciones estructurales: mejores salarios, un sistema público de cuidados y reglas más estrictas para las entidades que prestan con requisitos mínimos. Junto con su equipo, editó la colección de fanzines “Tecnologías financieras de bolsillo”, que incluye un análisis comparativo de aplicaciones de préstamos personales.
Tras la muerte de su padre, Renata asumió también compromisos económicos de su madre viuda, cuyas tarjetas acumulaban alrededor de 70 mil pesos. Durante dos meses postergó sus propias cuentas para cubrir necesidades familiares. Explicó que su sueldo no alcanzaba y que pagar solo los mínimos generaría más intereses.
Renata buscó asesoría para negociar, pero desistió de contratar a una empresa cuando supo que la cobranza continuaría durante el proceso. Más adelante, al revisar sus cuentas, encontró saldos de 40 mil y 35 mil pesos en tarjetas de dos bancos. Acudió a una sucursal y pidió un plan de pagos. Las llamadas se detuvieron por quince días y luego regresaron, incluso después de que entregó un comprobante de pago. Con otra institución consiguió una reestructura tras insistir por teléfono durante casi tres semanas.
Actualmente paga una reestructura a 72 meses, con mensualidades de cuatro mil pesos. Su esposo perdió el empleo hace unos meses y ella asumió parte de sus obligaciones financieras. Renata dice que pudo negociar gracias a su salario y reconoce que otras personas quizá no tienen esa posibilidad. Aun viviendo al día y sin fondo de emergencia, busca conservar su historial crediticio porque aspira a tener una vivienda propia.
Hablar de deudas no las elimina, pero puede ayudar a reducir el aislamiento y la vergüenza. Para Mendoza, el acompañamiento colectivo y los cambios en salarios, cuidados y regulación son parte de la respuesta a una carga que no se explica únicamente por decisiones individuales.